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El Hoyito.

Era una noche como la mayoría, nada parecía especial. Empezaba a obscurecer y ya estábamos todos en casa. No se sentía frío ni calor. La hija mayor preparaba el día siguiente y ordenaba lo que no estaba en su lugar. La televisión como casi siempre a esa hora, encendida pero nadie la estaba viendo. En la cocina se escuchaba que alguien comía y seguramente lo hacía de pie, algo muy típico de los días domingo por la noche. La puerta del baño del segundo piso  cerrada, la luz asomándose por las rendijas y un suave grito de la mamá mientras revisaba la mochila del menor de los hijos. ¡Apúrese! Gregorito, ya es tarde. De verdad nada parecía especial, pero tal vez todo era especial y no nos dábamos cuenta.

 

 

A los pocos minutos me encontraba sentado en la cama de Gregorito para ayudarlo a dormir y como era casi costumbre, me pidió un cuento. Uno de esos cuentos que aprendo en el mismo momento, de esos que no sé como empiezan y menos se como siguen. Ahí estaba, la noche ya inundaba la calle y yo sentado en la cama como esperando que me visitara uno de esos cuentos.

 

No había pasado más de un par de minutos y de manera mecánica partía diciendo “había una vez dos amigos, uno se llamaba Mateito y el otro Gregorito”, el mismo comienzo de todos los cuentos que recuerdo.

 

Iban caminando por el barrio, como siempre muy animadamente conversando y jugando. Esta vez el juego era encontrar círculos.

¡Mira! Dijo Gregorito, el semáforo tiene tres círculos. Uno cero.

¡Y allá! Dijo Mateito, la perilla de esa puerta. Uno a uno.

A cada paso aparecían más y más círculos.

El auto. Dos uno. El reloj. A Dos. El número cero del letrero. Tres dos.

El hoyo en la calle. Cuatro dos.

¡Espera! gritó Mateito, que raro, es muy redondo y obscuro.

Vamos a ver, le dice animado Gregorito.

Lo rodean y lo observan detenidamente. Era realmente un hoyo extraño, parecía no tener fondo. Su tamaño sobre la calle tampoco era normal, pues no podían identificar si era grande o era pequeño. Lo que si era claro, es que era perfectamente circular y el cuatro a dos era irrefutable. La última vez ya había perdido buscando triángulos y esta vez no estaba dispuesto a perder.

 

El hipnotismo del extraño hoyo era tan fuerte que casi era imposible reanudar el juego. Ninguno lograba quitar su mirada de la obscuridad del hoyo. Pasaban algunos segundos y la mirada automáticamente volvía al hoyo. Trataban de hacer que su mirada se adentrara en la profunda obscuridad. Al mirarlos desde lejos, parecía que lo lograban, pues no se les movía nada, ni siquiera el más mínimo pestañeo. Parecían estar viajando por el interior de ese extraño hoyo.

 

Nunca había visto algo parecido murmuró Mateito.

¿Por qué hablas tan despacio? le preguntó Gregorito.

No sé  -dijo-  y levantó la voz, logrando así tomar fuerzas, mover su brazo derecho hasta alcanzar una pequeña piedra y lanzarla suavemente sobre el hoyo. Entró como en cámara lenta y el silencio se hizo total.

 

Nada. Nada. Nada, ni un pequeño sonido. Nada. Transcurrió mucho o poco tiempo, no lo sé, pero el silencio tenía todo detenido.

Mateito estaba absorto, en cambio Gregorito estaba entre asustado y emocionado y también ansioso, alegre, maravillado, nervioso, expectante, energético, impaciente, curioso, excitado……….

Tómalo con la mano, dijo.

Estás loco, no me atrevo. Entonces Gregorio con gran soltura lo toma y lo levanta como si fuese un trapo mojado.

¡NO! gritó Mateito y Gregorito con el susto, lo arrojó lejos, tan lejos que al caer prácticamente no se veía.

 

¿Te dormiste?

No, aún no. Sigue contando que pasó. ¿Ese hoyo era de verdad?

 

Entonces corrieron rápido al lugar donde había caído el hoyo y grande fue la sorpresa cuando descubrieron que ahora el hoyo no era más grande que una moneda de 100 pesos, de las antiguas.

 

¡¡Chuuuuta!!, exclamó Gregorito.

 

Ya papá, dijo con un tono como de  molestia. Yo nunca dije eso.

Pero si tú no lo dijiste. Lo dijo Gregorito, el del cuento. Puedo seguir?

 

Esta vez Gregorito tomó con sumo cuidado el hoyo, a esta altura el hoyito, y lo guardó lentamente, casi con cariño, en el bolsillo derecho de su pantalón.

 

Vamos a casa ya es tarde, dijo. Pero no habían avanzado ni un paso cuando del bolsillo de Gregorito cayó un puñado de bolitas de piedra. Y claro, el hoyito en el bolsillo comenzaba a hacer de las suyas. Lo sacó suavemente y sin pensar lo cambió de lado. Pero no hizo más que soltarlo y cayeron una piedra, un autito de metal y un pequeño dinosaurio.

 

La mejor solución para llevar el hoyito, fue cargarlo sobre el hombro dejándolo caer hacia atrás por la espalda. Se veía muy extraño, caminaba muy confiado y seguro, contento de poder cargar el hoyito y llevarlo a casa, pero al mirarlo por atrás, se veía realmente extraño con el hoyito en la espalda.

 

Al principio todo bien, lo miraban y lo más molesto era ver como se reían del hoyito en la espalda. Lo indicaban con el dedo, lo saludaban, se reían y le decían cosas, hasta que no faltó el muchacho molestoso que le lanzó una pelota de papel y al primer intento le dio justo al centro del hoyo y pasó como si nada hacia el otro lado. Varios festejaron la ridícula situación. Pero Gregorito no se inmutaba, era demasiada la felicidad que tenía al poder llevarse tan increíble objeto a su casa.

 

Mateo, imagínate la cantidad de cosas que podremos hacer con este hoyo, dijo Gregorito.

¡Si!, podremos hacer ……………

y quedó en silencio.

¿Qué podremos hacer? Preguntó Mateito, con un gran signo de interrogación sobre su cabeza.

Lo único que se me ocurre es taparlo. Y se comenzó a reír sin poder parar.

Estoy hablando en serio, dijo Gregorio. Y no terminaba de decir la letra “o”, cuando recibió un duro golpe en la cabeza. Miró hacia atrás y tremenda fue su sorpresa cuando descubrió que venía un grupo de muchachos tirando piedrecillas para achuntarle al hoyito.

¡Hey! ¿Qué les pasa? Me acaban de dar con una piedra en la cabeza.

Se dio vuelta para quedar de frente al grupo y con fuerza levantó el hoyito, con una clara intención de lanzarlo sobre ellos. Los que en menos de un segundo desaparecieron.

 

Los dos amigos se sentaron alrededor del hoyito, con los pies colgando hacia su interior y prácticamente al mismo tiempo dijeron, ¿viste?

Sirve para defendernos,

Si, y también como asiento. Y se quedaron mirando el uno al otro. Sus caras comenzaron a cambiar. Primero una expresión de sorpresa que comenzó a pasar a seriedad, luego un poco de miedo y nuevamente sorpresa.

¿Sientes?, dijo Mateito claramente extrañado. Se siente como si pisáramos una nube, esponjosa y delicada.

Si, y su temperatura es muy agradable.

Guaaaaaa………..

y saltaron al interior. Cayeeeeeeron y cayeron, pero  sin caer, pues llegaron inmediatamente al fondo, sin embargo ya no se veían en el hoyito.

 

Después de un silencio, cuando al fin se dieron cuenta de que estaban al interior del hoyito, a pesar de que no sintieron el haber caído, se pusieron a hablar.

Me duele todo, al parecer nos dimos un buen porrazo.

Si, es extraño. Saltamos y nunca caímos, pero aquí estamos, en el fondo del hoyito.

Te ves raro, estás como plano. Tu cabeza y tu cuerpo están como en una misma línea, no sé como describirlo.

No te preocupes, yo tampoco entiendo y te estoy viendo igual. Estás plano.

Que rico se siente estar plano, es como si no tuviésemos peso.

¡Mira allá! Un perro plano. Y mira esa casa también esta plana.

 

¿Qué pasó papá?

¿Cómo aún no te duermes?

No, ¿pero qué pasó?, ¿por qué dicen que están planos?

Aun no entiendo hijo, mejor déjame seguir contando para ver que pasa.

 

Todo a su alrededor era plano.

Los perros eran planos, los árboles, los semáforos, los autos, las casas, los televisores, las películas en los televisores también eran planas, todo era plano. En ese hoyo no se conocía la altura. Por eso demoraron tan poco en caer, si no hay altura, no hay profundidad.

 

Era de verdad un mundo muy especial, cuando caminaban, los pasos eran planos, las sonrisas eran planas, incluso los pensamientos eran planos.

 

De pronto se acercó un transeúnte plano y comenzaron a conversar, pidiendo explicaciones y un poco de ayuda para salir de allí.

 

Señor plano, dijeron, nosotros somos altos y ahora estamos planos.¿Como podemos volver a tener altura?. Sin embargo, el Señor plano estaba lejos de poder entender lo que le decían, pues su mente y sus pensamientos eran planos. Le era imposible entender a que se referían con altura. Sin embargo, existía una posibilidad, una única posibilidad para que el Señor plano entendiera lo que le trataban de decir. Simplemente creyendo.

 

Conversaron mientras pasaba el tiempo plano, talvez segundos o talvez años, era difícil saberlo, hasta que de pronto gritó el Señor Plano. Ahora con una larga barba plana, arrugas planas en su plano rostro y probablemente un poco más plano que antes.

¡La altura existe! Exclamó y sólo recién entonces, sin querer, lograron salir del hoyito. Pero esta vez venían acompañados y acompañados ni más ni menos que con el Señor plano.

 

Ah! Ya sé, pasaron a otra dimensión y volvieron?

¿Qué sabes tú de dimensiones?

Obvio, de largo, ancho y alto, se fueron a largo y ancho y luego volvieron.

¿o no? Y ahora están aquí, en largo, ancho, alto, tempro, pento, etc.

¿Qué es eso de tempro, pento, etc.?

Las dimensiones poh! Tres más tiempo una, pensamiento más tempro la otra, etc.

Ya, mejor sigamos con el cuento y duérmete de una vez que mañana es lunes y cuesta despertar.

 

Salieron sin dificultad del hoyito, primero Gregorito, luego Mateito y finalmente el Señor Plano. Se veía como una sombra negra que se arrastraba por el suelo. No tenía altura.

¿Por qué me miran así? preguntó.

Es que te ves extraño, pero ya nos acostumbraremos.

Gregorito empuñó el hoyito en su mano y caminaron en dirección a su casa.

 

¡Gregorito!. ¡Gregorito!.

¿Te dormiste?

Que bueno ya era muy tarde.

Buenas Noches hijo, te quiero mucho, que duermas bien. Mañana terminamos el cuento.

 

Quise apagar la luz, pero se encendió y obviamente Gregorito se despertó.

Papá, soñé que me contabas un cuento y se volvió a dormir.

Autor: PSF

 

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